Me pasé varios días ensalsándome la vida gracias a la lectura del último libro/biografía de Joaquín Sabina: Sabina en carne viva. Yo también sé jugarme la boca. Recuerdo cuando en su momento leí “Perdonen la tristeza” del mismo autor -Javier Menéndez Florez- en una expedición de campo (guerrilla) junto a amigos sabineros y como nos metimos toda una semana recargando una batería para usarla con la grabadora y fumando cigarros popular, criollos y titanic mientras repasábamos una y otra vez todos sus discos además de una competencia ecológica que armamos para probar en carne propia “la emulación”. ¡Ah!, también llegan imágenes de cuando intercambiaba correos electrónicos con la lista de discusión: el templo del morbo desde donde se seguía de cerca los pasos de Joaquín, se filosofaba y de vez en cuando se compartía alguna canción de Sabina como hizo alguna vez en este sitio su guitarrista Pancho Varona o se terminaba hablando de tanquito.
Video here...
Y como no podía faltar en este sitio algo sobre Joaquín Sabina, aquí algo para los tiempos de ocio: un grupo de canciones, sus escritos en Interviú y el texto que inicia uno de los capítulos del último de los libros que le tratan, en relación a sus canciones. Cito:
YO ACUSO (SABINA PERIODISTA)
Porque sabía
que la verdad desnuda
guarda oculta detrás de la corteza
el hueso de cereza
de una duda.
El Capitán de su calle
(Yo, mí, me, contigo)
«Siempre quise tener un lugar desde el cual poder opinar, y siempre en prosa. Y resulta que, por un lado, la prosa me cuesta muchísimo trabajo y, por otro, se ha perdido la tradición que había, tan hermosa, de escribir versos satíricos en prensa y que cultivaron casi todos los grandes. Me parecía un momento estupendo, con la que está cayendo, para hacer en sonetos, coplas, o lo que sea, una especie de crónica. Sin perder rigor literario pero bajando lo más a ras del suelo posible.»
A nadie nos extrañó que Joaquín -al menos, a nadie de los que hemos seguido con interés y afición su trayectoria artística- comenzara a colaborar en la revista Interviú, donde cada semana analiza en verso la actualidad desde su sección «Esta boca es mía.»
Y es que desde sus primeras canciones hasta los sonetos que conforman su, al margen de gustos, inclasificable libro Ciento volando de catorce, además del poeta se asoma, furiosa y alevosamente, el periodista.
En el caso de las canciones,…, Joaquín se sirvió durante mucho tiempo tanto de la clásica fórmula novelística / cinematográfica de plantemiento, nudo y desenlace, como de la crónica estrictamente periodística.
De esta última beben, y mucho -pues todas, o casi todas, están basadas en hechos reales-, canciones como Qué demasiao (que llevaba como subtítulo Una canción para El Jaro, un delincuente juvenil del madrileño barrio de Tetuán que acabó cosido a balazos); Ciudadano cero(el retrato, tantas veces llevado al cine, de ese ciudadano que devorado por la grisura de su existencia decide apostarse en una ventana con un rifle de mira telescópica y cepillarse a unos cuantos congéneros, a ver si de ese modo su nombre sale en las primeras páginas de los periódicos); Kung-fu (de nuevo, un paseo por la biografía del delicuente suburbial al límite. En este caso, el líder de una pandilla especializada en actividades tan poco saludables para el que las sufre como la violación y los atracos a mano armada. Un camino que Joaquín emprendió con incontestable acierto siguiendo la estela del clásico de Rubén Blades Pedro Navaja); Balada de Tolito (los avatares de un mago cirrótico que, en compañía de un arrobado sobrino que soñaba con sucederle -¿lo habrá conseguido?-, recorría los pueblos del norte de España); Pobre Cristina (sobre la malograda Cristina Onassis, del famoso naviero griego Aristóteles Onassis, a la que, confirmado aquello de que los ricos también lloran, su inmensa fortuna no le sirvió para procurarle ni un buen marido ni una estilizada figura); El Muro de Berlín (en la que Joaquín se lamentaba de la desaparición de las ideologías a raíz de la caída del Muro, símbolo de la división y la guerra fría, y aprovechaba para darles un buen repaso a todos aquellos viejos revolucionarios que con la llegada del capitalismo enterraron para siempre al joven romántico que siglos atrás fueron); Con un par (basada en la vida de Dionisio Rodríguez, más conocido como El Dioni. Un vigilante jurado que tomó prestados trescientos y pico millones de pesetas de un furgón brindado de la empresa de seguridad para la cual trabajaba y se fugó a Brasil, donde lo primero que hizo fue colocarse un peluquín y someterse a una operación de cirugía estética. Le trincaron al confundirle con un traficante, pues gastaba en putas y copas lo que no estaba escrito. Tras un breve paso por el talego, de nuevo a la gélida e inmisericorde calle); Todos menos tú (donde Joaquín radiografiaba, un fino ojo de entomólogo, a una fauna que iba desde el chulo-piscinas carbonizado por los rayos UVA hasta el astrólogo televisivo, sin olvidar al concejal corrupto o a la putita de lujo. Todos ellos, en un prodigioso alarde de ausencia de prejuicios clasistas, compartiendo mesa y mantel en los garitos de moda de la noche madrileña); La casa por la ventana (brillante friso de las penurias por las que pasan los inmigrantes en nuestro país, quienes, desde la miseria de sus lugares de origen, tal vez lo imaginaban como El Dorado); ¿Hasta cuándo? (ETA. Insisitió Fito, pues Joaquín se resistía a darla a conocer al parecerle en exceso demagógica. ¿Lo es?); De purísima y oro (una visión del Madrid de la posguerra que no superaría Informe Semanal, y una de sus piezas de mayor avilantez literaria) e incluso Como te digo una co te digo la o, donde, a través de la voz de una maruja, asistimos a un lúcido, cínico y esperpéntico repaso de nuestra santa aldea global. Joaquín ha dejado muy claro en estas mismas páginas que esa canción es «una novela» y que él no habla a través de esa señora, sino que ésta tiene, como la doña Rogelia de la ventrílocua Mari Carmen, vida propia.
Entra el autor que está detrás de esas canciones y el colaborador de Interviú que disecciona su entorno a golpe de sonetos y otras fórmulas que tienen el verso como protagonista, sólo varía el género: si aquél hacía crónica pura y dura y narraba historias que les habían sucedido a otros, éste, en cambio, hace opinión. Cuenta, por lo tanto, en primera persona las miserias del pan nuestro de cada día. Pero los dos, innegablemente, tienen como punto de unión el periodismo.
Creo por ello -y no es broma- que cuando a partir de ahora se aluda a él, si se quiere hacer con rigor, habrá que añadir a la ya cosabida coletilla de «cantante y poeta» la de periodista.
Fin de la Cita.
Para ver: En la revista Interviú puedes acceder a frescas críticas/comentarios de Sabina en verso, también en esta página muy chonga se puede encontrar muchas cosillas. No podía dejar de mencionar aquí a Diosm(v)any-Flaco-Tolito, Eric (el de Ernesallen) y Tello (Sergio Nodarse), los mayores sabineros que he conocido.